home TURISMO Los pasos son pasado y futuro: Fiddler on the Roof.

Los pasos son pasado y futuro: Fiddler on the Roof.

Desde antes de abordar el avión que nos trajo a New York, había un pequeño lugar que tenía en mi lista de imperdibles por su tradición y la importancia que tiene en el escenario gourmet/deli de la gran manzana y en las cartas de menu de restaurantes. Y es que, como ustedes han leído en artículo tras artículo, incluso en el texto que nos define, la tradición es uno de los puntos que más perseguimos y que defendemos en cada rincón donde lo encontramos de nuestros viajes, por lo que tener la oportunidad de cruzar la puerta de entrada a un lugar que por más de 100 años ha sido un referente de la cocina judía en Manhattan y que, sin lugar a dudas, parece destinado a quedarse en la memoria como una razón perfecta para regresar. Abierto en 1914 por Joel Russ, este lugar es no sólo emblemático para la comunidad judía, sino para toda la ciudad al punto que en 2001, tanto la tienda como el edificio en donde está ubicada, fueron aceptados en el Registro Nacional de Sitios Históricos, algo equivalente a lo que en México se conoce como edificios patrimonio. Un lugar que siempre ha tenido a un Russ involucrado y que, hasta donde se tiene investigado, fue el primero en incluir las palabras “and Daughters” en el nombre, hoy sigue sirviendo los platillos clásicos de una cocina que se ha alimentado de 3,000 años de tradiciones, culturas y migraciones y que, en esos tres milenios, sigue respetando las bases del Tanaj y el Antiguo Testamento, de donde nace el concepto kosher. Podemos hacernos una idea de lo que significa la gastronomía judía y lo que ha formado parte de las migraciones mismas mientras miramos la carta, pero no hay nada que pueda prepararnos a lo que estamos por descubrir, porque hay una realidad que no podemos hacer a un lado: no conocemos de esta cocina mucho, por lo que lo que se viene es completamente nuevo. Llegamos a Russ & Daughters y no existe mejor lugar para adentrarnos en la cultura judía rumbo a la obra con la que cerramos la semana.

Abrir la tarde con una sopa Matzo y un Chowder de pescado blanco Ahumado con Eneldo que aparecian en las cartas para restaurantes era apenas el arranque de la experiencia misma y a partir de ahí nos dejamos llevar por las recomendaciones de un lugar que sigue operado por la misma familia, ahora en su cuarta generación desde que Joel Russ abriera en Orchard, básicamente atrás del local que hoy tienen en el mismo edificio. Un par de platillos más tarde, estábamos comprendiendo por qué han durado más de 100 años y por qué estamos seguros que la herencia de quien llegara en 1905 a la ciudad está asegurada por bastantes años más, en un negocio que se maneja con la fuerza que da la familia. Desde la delicia de tres versiones diferentes de arenque fresco a lo que ellos sirven como un sándwich abierto con un salmón ahumado a 32 grados, la comida aquí redefine lo significa la cocina honesta: sencilla, simple, sin complicaciones y que se centra en entregar los mejores sabores posibles en la mesa. Menos de 35 dólares por persona después ya habíamos encontrado nuestro nuevo favorito en New York. Y sí, ya teníamos la mitad del camino recorrido para poder disfrutar lo que Broadway Inbound tenía preparado para nosotros esa noche.

Afuera del Broadway Theater se puede leer, por debajo de la marquesina anunciando el espectáculo, la frase: “Uno de los mejores musicales de todos los tiempos” y, siendo enteramente honesto con ustedes, nunca había pensado en este musical como uno de los mejores. De entrada, no lo tengo ni siquiera en mi lista de musicales que guardo con recelo y escucho con –algunos dirían– demasiada frecuencia. Apenas tengo dos canciones que, incluso, no tenía registrado en mi mente que fueran del musical sino hasta que comenzaron a sonar en el grandioso Broadway Theater esta noche. Pero desde la primera canción me atrapó con el mensaje que define a los personajes. No se trata de la I Wish song, sino del establecimiento de lo que estamos por tener como telón de fondo: Tradition sonó en las voces de todos los actores y artistas en escena e, inmediatamente, conecté la importancia de las tradiciones en cualquier cultura con lo que estaba escuchando en el escenario. Fiddler on the Roof es una obra que nos lleva por esa ruta: las tradiciones y lo que significa tenerlas, doblarlas y respetarlas, a cualquier costo. Es, sin duda, una de las importantes obras musicales para entender la evolución y el desarrollo de esta forma de arte que ha creado raíces en Broadway, donde todo actor y director de teatro aspira a llegar por la temporada que sea y, entonces, descubrimos que lo que afuera mencionaba la marquesina puede que no esté tan alejado de la realidad que creíamos comprender.

Quizá por este tema de tradición es que, en medio de una serie de reinterpretaciones y ajustes escénicos que otras grandes obras han hecho para incorporar la tecnología en sus presentaciones, Fiddler on the Roof se mantiene fiel a la artesanía de los escenarios creados, construidos y tangibles, sin una sola proyección visual que nos ayude a transportarnos a Anatevka, en la Rusia imperial de principios del siglo XX para que junto a Tevye andemos ese brutal camino que parte del aislamiento de las comunidades judías tradicionales al choque cultural y violento con los saqueos y matanzas que se dieron contra la comunidad judía en Rusia entre 1905 y 1907. Esa vida de tradiciones que parece sostenerse apenas de un hilo y, a la vez, de un hilo irrompible por justamente la fuerza que otorgan las raíces tiene su analogía en el violinista del título que vive su vida siempre en la orilla de caer del tejado, mientras continúa la tonada lánguida de sus notas en el instrumento que lo acompaña día y noche.

No quiero contarles mucho para quienes no han podido disfrutarla, ya sea en la versión cinematográfica que dirigiera Norman Jewison en 1971 o en la versión en Broadway, pero cuando estamos en las butacas del Boradway Theater, esa sensación de saber que estamos ante algo que deja huella y que te mueve las entrañas no parece abandonarnos, pues Tevye es una analogía casi perfecta de todas las imperfecciones que tenemos los seres humanos cuando nos confrontamos a reglas que parecen limitarnos y que, a la vez, nos dan sentido. ¿Hasta dónde podemos doblar esas reglas y jugar con ellas cuando el resultado nos puede traer felicidad no sólo a nosotros, sino a la gente a la que llamamos familia? Y, también, ¿hasta qué punto estamos dispuestos a defender esas tradiciones que nos cimentan y nos unen a la comunidad de la que venimos y que nunca abandonaremos, sin importar los kilómetros de distancia puestos por la vida misma? Sin ánimo de contarles gran cosa o echarles a perder un momento importante de la obra, hay un momento cuando se llega a la gran persecución judía de la Rusia imperial en el que Tevye, tras haber entendido que tienen que abandonar Anatevka, de la misma forma que los judíos han abandonado tantos lugares antes en la historia, nos golpea con la frialdad de una frase: “Quizá es por eso que siempre llevamos nuestros sombreros puestos”. Así, con un cierre devastador se entiende el fondo de este texto escrito por Sheldon Harnick y musicalizado por Jerry Bock, basado en el cuento Tevye and his Daughters de Scholem Aleichem, en el que se deja claro que tras los periplos bajo los pies y con los caminos aún por escogerse y, por ende, andarse, las tradiciones es lo que siempre habrá de ser el motor que nos impulse, mientras que la familia es la motivación que nos levanta. Y es ahí cuando logro entender esa marquesina que lo pone como uno de los mejores musicales de todos los tiempos. Porque sí… no sólo es uno de los grades musicales. Es, también, una de las grandes lecciones para cualquier momento… No se trata de querer ser rico… Se trata de que nuestros pasos tengan la fuerza que nos permitan dejar el camino marcado para quienes vendrán detrás.

Tag: carta menu para restaurantes

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *